CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL.
¡NOS ESTAMOS DESPIDIENDO! ¡NOS
RESIGNAMOS!
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
Algunos diagnósticos son verdaderas
sentencias de muerte; y algunos pacientes enfrentan su destino fatal con una
actitud impertérrita que denomino “serenidad socrática”.
En esta crónica abordo un caso.
2
Se presentó con unos dolores óseos. Datos
de su historial clínico y algunos exámenes sugerían que sus molestias no se
relacionaban con la edad. Tenía sesenta y años. La consulta con el especialista,
y los respectivos estudios, confirmaron las sospechas: cáncer
de próstata en etapa terminal, con metástasis ósea.
Se sintió abatido.
Se deprimió. Se sentía mal, física y
emocionalmente. La idea de la muerte comenzó a ocupar todos sus pensamientos.
“El hombre teme la
muerte porque ama la vida”.
(Fiódor Dostoyevski en
Los demonios, 1872)
3
No
lo vi más en mi consulta. No volví a saber de él. Pensé muchas veces en su
situación, en su sufrimiento, en el destino que probablemente le esperaba.
Hasta
que un día, inesperadamente, lo encontré en un bar, de esos que tienen árboles
para que la gente beba al aire libre.
Yo hacía una
diligencia y pasé por la calle donde estaba el bar. Me llamó con la mano. Una
sonda vesical colgaba de su cuerpo. Lo acompañaba su esposa. Bebían cervezas.
No parecía el mismo hombre abatido que había
conocido meses atrás.
4
Antes
de que pudiera preguntarle algo, él se adelantó y me dijo con voz firme que
todavía recuerdo:
—¡Nos
estamos despidiendo! ¡Nos resignamos!
No
supe qué responder.
No vi tristeza en su
rostro, tampoco en el de su esposa.
Su comportamiento era
propio del estoico que se prepara para lo inevitable, porque igual no puede
hacer nada.
5
Continuaron
bebiendo sus cervezas. Quizás hablaban de cosas cotidianas. Quizás recordaban
momentos felices. Quizás estaban haciendo planes para los días que todavía les
quedaban. No lo sé.
Me
alejé con una sensación difícil de explicar.
Hace tiempo leí un
libro del cual aprendí muchas cosas sobre estos aspectos difíciles de nuestro
ejercicio médico: “Sobre la muerte y los moribundos” de la psiquiatra Elisabeth
Kübler-Ross. Pero este caso me hizo percibir, de manera viva y práctica, cómo la
enfermedad transforma a las personas.
Kübler-Ross habla del miedo,
la desesperación, la negación y la tristeza en esas situaciones extremas. Pero
aquella tarde comprendí algo que ningún libro de medicina puede enseñar
completamente: hay momentos en que la vida deja de medirse en años, meses o
días. Se mide en pequeños instantes compartidos.
Una cerveza, una
conversación, una mirada, la compañía de quien ha estado a nuestro lado durante
tantos años.
6
“Nos estamos
despidiendo. Nos resignamos”.
Aquellas
palabras se quedaron conmigo.
No
sé si aquello era resignación, aceptación o una manera de recuperar, en medio
de la tragedia, el derecho a vivir lo que todavía quedaba.
Pero
pensé que, quizás, mientras la muerte se acercaba, aquel hombre había
descubierto algo esencial: que incluso cuando ya no podemos cambiar nuestro
destino, todavía podemos elegir cómo compartir el tiempo que nos queda.
Y
aquella tarde, en un bar, junto a su esposa y unas cervezas, aquel paciente me
dio una de las lecciones más conmovedoras de mi vida profesional.
A
veces, el último acto de amor no consiste en aferrarse a la vida, sino en
acompañarse mientras se va apagando.
















