CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL.
DON NERIO, EL BOTICARIO DEL PUEBLO.
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
Don Nerio regentaba la farmacia del
pueblo, que como establecimiento para vender remedios era más parecida a una
botica de la época colonial: allí convivían el arte médico moderno con el
antiguo.
2
El establecimiento tenía vitrinas de
madera oscura, pulidas por años de manos y de miradas, con pequeños cristales
que habían perdido su transparencia original. Detrás de ellos descansaban cajas
de medicamentos, frascos de vidrio, pomadas, jarabes y polvos de nombres
impronunciables. Todo parecía pertenecer a una época en la que los médicos
todavía recetaban con una pluma y los farmacéuticos preparaban las medicinas
detrás de un mostrador.
Sobre una de las paredes, en letras
cuidadosamente pintadas, podía leerse una inscripción que don Nerio consideraba
una de las grandes verdades de la existencia:
“Las cosas buenas de la vida o son
pecados o engordan”.
En el borde superior de las paredes
estaba una colección de hierros de herrar animales en finos recuadros de madera
barnizada, pertenecientes a los ganaderos de la población. Los había de todos
los tipos y diseños. El más sencillo era uno con el número “17” en el centro.
3
En una vitrina especial conservaba
una colección que despertaba la curiosidad de cuantos entraban en la farmacia.
Había una balanza antigua, tubos de ensayo, retortas de cuello largo, un
tarrito de la “Pomada Marchena” y pequeños frascos con etiquetas amarillentas. En
esa vitrina, el tiempo se había transformado en espacio.
En un rincón reposaba, como una
reliquia sagrada, un frasco tan antiguo con una sustancia que parecía haber
sido fabricada por el propio Hoffmann, el primero en sintetizar el ácido
acetilsalicílico.
—Es aspirina en polvo—decía don
Nerio.
En otro recipiente se veían unas
virutas grises.
—Son limaduras de hierro que usaba
Marchena para curar la anemia.
Marchena era un personaje casi
legendario que abrió una farmacia en el pueblo y se ocupaba también de los asuntos
políticos, la lucha social, la historia y la literatura.
4
Don Nerio examinaba a los clientes
con mucha autoridad mientras se ajustaba los lentes. Miraba la lengua, preguntaba dónde dolía,
desde cuándo, si había fiebre, si el paciente había comido y hasta si había
tenido problemas con la suegra, peleado con un hermano, ofendido a sus padres,
etc.
Aquello parecía un interrogatorio de
los tiempos de la medicina mágico-religiosa, cuando se pensaba que las
enfermedades provenían de un castigo divino por algún delito o pecado.
En realidad, todo era parte de su
sentido del humor
5
Don Nerio conocía una gran cantidad
de medicamentos que parecía superar incluso los conocimientos del propio
Dioscórides, aquel ilustre médico y botánico de la Antigüedad, padre de la
farmacología.
Había aprendido los nombres de los
medicamentos de memoria, pero no solamente los nombres. Sabía para qué servían,
contra qué enfermedades se utilizaban, qué efectos producían y cuáles eran las
combinaciones que, según él, podían convertir una simple indigestión en una
tragedia griega.
6
Era un hombre amable, atento y
conversador. Pero detrás de aquella cortesía había una lengua aguda y una
picardía que convertían cada visita a la farmacia en una pequeña representación
teatral cómica.
Una vez le dijo a un hombre que le
dolía la garganta, luego de apuntarle con una enorme linterna y haberle introducido la espátula:
—Tienes allí un pelo sospechoso.
7
Apenas me instalé en el pueblo, me
visitó y me preguntó:
—Malaspina, ¿vas a atender consultas
en la noche?
—Sí —le contesté.
—Entonces necesitas tener un
botiquín de medicamentos inyectables.
Me entregó un listado de remedios
solicitados en sus guardias nocturnas.
Luego me dijo:
—Seguramente vas a practicar
medicina social. Entonces debes saber que un mismo medicamento tiene varios
nombres con el mismo efecto farmacológico, pero con diferentes precios. Por
ejemplo, el diclofenaco sódico es el mismo campal, difenac, udox, voltaren,
flogaren, flotac, viavox, votaxil, disoden, etc. Todos son buenos, pero
unos son más caros que otros. Todos son la misma vaina, pero unos los hace para
los ricos y otros para los pobres…
8
Todas las semanas visitaba a don
Nerio para renovar el botiquín e informarme de las novedades farmacéuticas. En una
ocasión, don Nerio atendía a un hombre que le había entregado una receta con
muchos medicamentos.
Me dijo: Debes esperar, esto va pa
largo.
Colocaba sobre el mostrador el
remedio, tachaba en la receta e iba por otro remedio. En una ocasión le dijo al
cliente:
—Aquí no vendemos cocuy de penca.
Eso lo consigue en una licorería.
Cuando el hombre salió con tres
bolsas de medicamentos, me dijo:
—Era la receta de un brujo. Le mandó
un montón de remedios para ver si pega uno.
Se quedó un rato pensando y luego
agrego:
—¡Si se toma todo ese verguero, se
muere pal coño!
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