CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL.
EL ÚLTIMO MORDISCO.
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
Muchos pacientes llegaron ese día al ambulatorio. Todos
hacían la cola en silencio. Pero un hombre joven, musculoso, con
cara de pocos amigos y en guardacamisa trató de entrar a la consulta sin
corresponderle el turno. Las protestas enardecidas de los otros enfermos le
pararon el trote en dos oportunidades. La viveza criolla había sido frenada a
tiempo.
2
La consulta avanzaba con fluidez, pero con lentitud,
hasta que le tocó a Mister Músculo sentarse frente a mí.
Sin dar explicaciones descubrió su brazo derecho. En
el bíceps se observaban varios arañazos y una herida profunda. Alrededor de las
marcas comenzaban a formarse pequeños puntos blanquecinos llenos de pus. La
piel estaba enrojecida, hinchada y caliente. Era evidente que la infección
avanzaba.
Mientras preparaba el material para limpiar la herida,
le pregunté qué había ocurrido.
—Me mordió un gato.
Me sorprendí porque he tratado mordeduras de gente,
perros, babas, monos y hasta de conejos en niños imprudentes cuando les dan
zanahoria; pero es la primera vez que veo algo así.
Le dije que reportaría el caso para que las
autoridades sanitarias localizaran al animal y le hicieran seguimiento. Hay que
descartar rabia, rematé. ¿Dónde podemos ubicarlo?
—En el basurero, detrás del puesto de la Guardia
Nacional —contestó y agregó—. Claro, si todavía no se lo han comido los
zamuros.
—¿Cómo así? —le
pregunté.
3
Me contó que tenía un gato desde hacía varios años.
Era un animal sereno, y por serenidad entendí que era uno de esos gatos que
parecen caminar con la dignidad de un viejo filósofo.
Siguió: Dormía en la casa, recorría el patio con la
elegancia silenciosa de todos los felinos y esperaba, cada día, la hora de la
comida.
Con el tiempo comenzó a aparecer otro gato. Era un
visitante del barrio, flaco al principio, desconfiado, siempre atento a
cualquier movimiento. Poco a poco fue perdiendo el miedo. Se acercaba al plato,
y el gato de la casa, lejos de defender su territorio, retrocedía unos pasos
para compartir el alimento.
Después de comer, ambos permanecían juntos durante
horas, como si fueran amigos de toda la vida. Descansaban, se levantaban y
jugaban, para luego nuevamente descansar.
El hombre continuó: Al principio me pareció todo
normal, pero luego la presencia del gato ajeno empezó a irritarme. Venía a
robarle el bocado a mi gato en estos tiempos cuando todo escasea y todo está
muy caro.
Empecé por espantarlo. Le gritaba. Lo insultaba y
hasta lo empujaba con una escoba. El paracaidista se marchaba, pero volvía con
puntualidad a la hora de la comida.
4
Lo interrumpí y le dije que su gato había encontrado a
un amigo. Pero el hombre respondió:
—Lo que puedo afirmar es que venía por la comida, y la
comida está muy cara. Por eso decidí cortar por lo sano. Cuando el intruso
apareció nuevamente, lo agarré y me lo llevé al brazo derecho para
estrangularlo. Pataleó. Buscó apoyo en mi cuerpo y en el aire. Me rasguñó por
todas partes; y, por último, clavó sus dientes aquí.
Matagato señaló la mordedura en su bíceps derecho.
—Lo apreté más. Dejó de luchar.
5
Continué desinfectando la herida sin decir palabra. Pensaba
en aquella pequeña criatura que solo había cometido el delito de tener hambre y
aceptar la amistad de otro gato.
La pobreza y el hambre son iguales en todo el reino
animal, humano y no humano. Son circunstancias críticas extremas, dramáticas,
desesperadas y riesgosas.
Le expliqué que las mordeduras de gato pueden ser
peligrosas. La infección requería tratamiento inmediato y vigilancia cuidadosa.
Él apenas escuchaba. Entonces le pregunté:
—¿Y su gato?
La respuesta tardó unos segundos.
—Desde ese día anda raro... Sale al patio todas las
tardes. Se queda sentado mirando la puerta. Maúlla. Lo busca.

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