CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL.
FOTOGRAFÍAS PERTURBADORAS O LOS MONDADIENTES SIRVEN TAMBIÉN PARA LOS
OJOS.
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
Eran casi las ocho de la noche cuando tocaron la puerta. Una señora de
unos treinta años, prematuramente envejecida, solicitaba que fuera a ver a su
hija, de unos siete años, porque tenía “mala respiración”. La señora, mi esposa
y yo salimos a pie por las calles El Cementerio, Bolívar y Páez. En esta última
cruzamos hacia un callejón a oscuras que limitaba con unos potreros y unos
conucos. Caminábamos con mucho cuidado porque la callejuela era un mosaico de
montículos de piedras y huecos.
Llegamos a un rancho de barro y bahareque. No había entrado al cuarto sin ventanas de la
niña cuando por los silbidos supe que se trataba de un ataque asmático. Mi
esposa le puso una inyección que le indiqué y se retiró a la sala.
Yo observaba cómo la respiración de la niña mejoraba.
2
Cuando iba en retirada, mi esposa me dijo:
—Me salí porque no soporto los aposentos sin ventanas. El peor anatema
que puede proferir un ruso contra un enemigo es: te deseo que vivas en una casa
sin ventanas.
Luego hizo una sugerencia:
—Échale un ojo a estas fotografías.
En las paredes de la sala, pintadas con cal, colgaban muchas fotografías
en blanco y negro, montadas en vidrios, cuyos bordes eran unas cintas oscuras.
Recorrí la sala que parecía un columbario sin los nichos. En todas las
fotografías había una escena fúnebre: un muerto en su cama rodeado de
familiares, un cadáver en su urna, un velorio, unos hombres llevando un ataúd
en sus hombros, un grupo de personas rodeando una sepultura, un niño en un
féretro blanco con alas a los lados, y así por el estilo.
Pero lo que más me impresionó fue la fotografía de una niña, de unos
cuatro años, probablemente. Reposaba en su cajoncito con los ojos abiertos: los
párpados no se cerraban porque sendos mondadientes los sostenían.
3
Esa noche no podía conciliar el sueño. Cuando casi lo lograba, veía las
impresionantes fotografías que me parecían macabras. Más tarde concluí que eso
también era historia, luctuosa, pero historia al fin.
¿Arte? No sé, pero sí una costumbre funeraria, sepulcral… Esas
manifestaciones artísticas no son una peculiaridad litúrgica exclusiva de los
griegos y los romanos. Bueno, es una licencia lírica. Umberto Eco dice que
tendemos a elevar cualquier circunstancia banal o cotidiana a una categoría
grande. Un fragmento de la realidad, por insignificante que sea, es un nodo
conectado con todo el saber del universo.
4
Luego supe que ese tipo de fotografías se hicieron en los primeros años
del siglo XX. En la mayoría de los casos se trataba de gente que jamás se había
retratado: era imperativo dejar un recuerdo.
Con respecto a la niña con los ojos abiertos, supuse que le pusieron
esos palillos así porque había visto muy poco mundo, y debía dársele una
segunda oportunidad; además, era su primera y última fotografía.