CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL.
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
TÉTANOS
1
Entraron varias personas al consultorio. Venían de Cabruta. Sostenían a
un hombre de unos cuarenta años que renqueaba. Era un pescador del Orinoco. Una
baba lo mordió en una pierna, dijeron. Tenía una herida grande en la
pantorrilla izquierda. Se veían destrozos musculares con mucha dificultad,
porque los primeros auxilios, por parte de familiares y amigos, consistieron en
cubrir la herida con café, en toda su extensión. Esta práctica no es
recomendable porque el remedio puede ser peor que la enfermedad: es foco de infección, además de que
obstaculiza el proceso de cicatrización. En ese sentido, el café molido,
vertido directamente del paquete o la borra (cipo), es lo mismo en sus
consecuencias negativas.
2
A los familiares les preocupaba solo una cosa: “que le picara un
tétano”. Esto me hizo recordar el
siguiente caso: Murió un muchacho de veinte años de tétanos provocado por una
inyección, en tiempos de las jeringas reusables de vidrio. Las inyectadoras de
vidrio podían provocar esta enfermedad con resultado mortal hasta en el 5 % de
la población mundial. Para ellos, los aforismos de Hipócrates, escritos hace
dos mil quinientos años, mantenían su vigencia: “La aparición de espasmos luego
de cualquier herida o traumatismo es mortal”.
3
A la media noche llegaron unos hombres al velorio con implementos de
soldadura y colocaron cabillas alrededor del féretro para asegurar de manera
firme la tapa.
4
Los cuerpos de los muertos por tétanos pueden continuar moviéndose por
algún tiempo (espasmos, contracciones). Tétanos significa estiramiento en
griego. En algunos pacientes puede notarse el opistótonos (arqueamiento
severo de la columna vertebral). Todo esto creó un mito: el muerto en sus
contorsiones puede abrir la tapa de la urna con uno de sus movimientos.
5
Una pintura de un enfermo con opistótonos, realizada por el doctor
Charles Bell (1809), contribuyó a difundir el mito (en la ilustración).
Digresión: Charles Bell describió la parálisis facial que lleva su
nombre (parálisis de Bell). También fue el padre de Joseph Bell, que
diagnosticaba con solo observar, con sumo cuidado, al paciente. Fue profesor
del médico y escritor Conan Doyle, quien lo tomó de modelo para su personaje
Sherlock Holmes.
6
Con respecto a mi paciente, mordido de baba y con la herida repleta de
café, lo limpié hasta donde pude y como pude. Le apliqué un toxoide tetánico,
le indiqué unos antibióticos y lo referí a un centro hospitalario. Era una
labor de cirujanos.


