HISTORIA DE LA MEDICINA UNERG
Blog dedicado a temas sobre historia de la medicina, el arte y la cultura relacionados con la profesión hipocrática. Colaboraciones a través de:edgardomalaspina@gmail.com
ÁREA DE CIENCIAS DE LA SALUD. MORROS DE SAN JUAN
X PROMOCIÓN DE MÉDICOS CIRUJANOS.
UNERG.2010
PADRINO DE LA PRIMERA PROMOCIÓN. MISIÓN SUCRE.
ACTIVIDAD FÍSICA Y SALUD.
I PROMOCIÓN DE DERMATÓLOGOS.UNERG.2001
DERMATÓLOGOS.2001
PLACA DE RECONOCIMIENTO
X PROMOCIÓN DE MÉDICOS.UNERG.2010
AFICHE.X PROMOCIÓN DE MÉDICOS.UNERG.2010
jueves, 8 de octubre de 2026
miércoles, 7 de octubre de 2026
25.ELROBO DEL MALETÍN.
CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL
EL ROBO DEL MALETÍN
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
A mi paciente, de sesenta y tres años, le hicieron una prostatectomía que
le dejó una incontinencia urinaria con infecciones periódicas.
Se presentaba cada mes con una serie de exámenes de laboratorio para
ajustar el tratamiento.
2
Entraba al consultorio con un
maletín negro, repleto de exámenes de todo tipo y de todos los tiempos. Eran
tantos que ya no cabían o entraban con dificultad. Además, estaban tan
desordenados que muchos papeles sobresalían por los bordes: parecía un portafolio
con faralao.
3
Un día entró al consultorio muy triste y dijo:
-Me abrieron el carro y se llevaron el maletín.
—¿Tenía dinero allí?
—No.
—Entonces, no se preocupe. Los resultados de sus pruebas de laboratorio
están en la historia clínica.
—Pero, en el maletín llevaba las muestras de heces y orina para el
laboratorio.
—Se lo merece, dije.
—¿Por qué me lo merezco?
—No dije eso por usted. Me refería al ladrón.
lunes, 5 de octubre de 2026
sábado, 3 de octubre de 2026
24. ´GÁRGARAS DE CREOLINA
24
CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL.
GÁRGARAS DE CREOLINA
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
En la madrugada vinieron a
buscarme. Un muchacho que manejaba un jeep descapotado me dijo:
—Doctor, necesitan de sus servicios.
“T” está volao en fiebre. Tiene como cuarenta y cinco grados, dicen los
familiares que se la midieron con un termómetro.
Asumí lo de los grados de la fiebre como un chiste de humor negro o que
le pusieron un termómetro descalibrado. No excluí la ignorancia de esa pobre
gente.
“T” era un brujo que vivía en un caserío cerca del pueblo.
2
Tomé mi maletín con rapidez y me monté en el carro. Nos desplazamos a
gran velocidad. Sentí la brisa fría propia de esas horas antes del amanecer. En
poco tiempo estábamos en la aldea, la cual no tenía luz eléctrica.
Entramos a un cuartucho de mala muerte lleno de cachivaches. Una vela en
el suelo alumbraba a unos santos y a unas estampitas de diferentes cortes
mágicas.
3
El hombre temblaba y sudaba sobre un camastro. Sin que le preguntara
nada, me dijo a quemarropa y con voz apagada:
—Doctor, no soporto el dolor de garganta.
4
Busqué mi laringoscopio, pero no lo encontré. Lo dejé en el consultorio en
la carrera, pero solicité una cucharilla y algo para alumbrar. Trajeron una
lámpara de queroseno, la cual entregué al chofer para que la sostuviera de tal
manera que yo pudiera examinar la garganta.
Introduje la cuchara y observé las amígdalas bien inflamadas con muchas
manchas blancas: había pus abundante.
Se trataba de una amigdalitis bacteriana.
5
Le expliqué al chamán lo que tenía. Él me preguntó:
—¿Me recetará ampicilina?
El chofer había visto lo mismo que yo. Por eso se me adelantó con
descaro:
—Tú lo que necesitas son gárgaras de creolina.
6
Reprendí al chofer por su intromisión y empecé a escribir el récipe.
7
La creolina es un potente desinfectante, pero no apto para consumo
humano.
martes, 29 de septiembre de 2026
lunes, 28 de septiembre de 2026
23. TÉTANOS
CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL.
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
TÉTANOS
1
Entraron varias personas al consultorio. Venían de Cabruta. Sostenían a
un hombre de unos cuarenta años que renqueaba. Era un pescador del Orinoco. Una
baba lo mordió en una pierna, dijeron. Tenía una herida grande en la
pantorrilla izquierda. Se veían destrozos musculares con mucha dificultad,
porque los primeros auxilios, por parte de familiares y amigos, consistieron en
cubrir la herida con café, en toda su extensión. Esta práctica no es
recomendable porque el remedio puede ser peor que la enfermedad: es foco de infección, además de que
obstaculiza el proceso de cicatrización. En ese sentido, el café molido,
vertido directamente del paquete o la borra (cipo), es lo mismo en sus
consecuencias negativas.
2
A los familiares les preocupaba solo una cosa: “que le picara un
tétano”. Esto me hizo recordar el
siguiente caso: Murió un muchacho de veinte años de tétanos provocado por una
inyección, en tiempos de las jeringas reusables de vidrio. Las inyectadoras de
vidrio podían provocar esta enfermedad con resultado mortal hasta en el 5 % de
la población mundial. Para ellos, los aforismos de Hipócrates, escritos hace
dos mil quinientos años, mantenían su vigencia: “La aparición de espasmos luego
de cualquier herida o traumatismo es mortal”.
3
A la media noche llegaron unos hombres al velorio con implementos de
soldadura y colocaron cabillas alrededor del féretro para asegurar de manera
firme la tapa.
4
Los cuerpos de los muertos por tétanos pueden continuar moviéndose por
algún tiempo (espasmos, contracciones). Tétanos significa estiramiento en
griego. En algunos pacientes puede notarse el opistótonos (arqueamiento
severo de la columna vertebral). Todo esto creó un mito: el muerto en sus
contorsiones puede abrir la tapa de la urna con uno de sus movimientos.
5
Una pintura de un enfermo con opistótonos, realizada por el doctor
Charles Bell (1809), contribuyó a difundir el mito (en la ilustración).
Digresión: Charles Bell describió la parálisis facial que lleva su
nombre (parálisis de Bell). También fue el padre de Joseph Bell, que
diagnosticaba con solo observar, con sumo cuidado, al paciente. Fue profesor
del médico y escritor Conan Doyle, quien lo tomó de modelo para su personaje
Sherlock Holmes.
6
Con respecto a mi paciente, mordido de baba y con la herida repleta de
café, lo limpié hasta donde pude y como pude. Le apliqué un toxoide tetánico,
le indiqué unos antibióticos y lo referí a un centro hospitalario. Era una
labor de cirujanos.
viernes, 25 de septiembre de 2026
22. HERENCIA.
CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL.
HERENCIA
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
Entró al consultorio una mujer de
unos cincuenta años. Caminaba despacio; parecía cansada. Se sentó y dijo:
—Doctor, en los últimos tiempos
tengo mucha sed. Bebo agua constantemente y, sin embargo, siento que la boca se
me queda seca.
Hizo una pausa.
—También voy al baño a cada rato. Y
tengo un hambre que no se me quita con nada. Como y vuelvo a sentir hambre.
2
Esos síntomas se corresponden con la
famosa tríada: Polidipsia (sed excesiva), poliuria (orinar frecuentemente) y polifagia
(ganas de comer a cada rato).
Revisé sus exámenes. No había dudas
en el diagnóstico: Diabetes mellitus. La primera palabra significa sifón (el
agua entra y sale rápidamente). La segunda quiere decir miel, porque los
médicos antiguos probaron la orina de los enfermos y se percataron de que era
dulce.
Estas cosas sencillas se las
expliqué a mi paciente.
3
Al llenar la historia clínica, la
mujer me dijo que su madre murió de esa enfermedad. Yo le expliqué que, en su
caso específico, parecía una patología hereditaria. La enfermedad la había heredado
de su madre.
La mujer golpeó el escritorio,
enojada.
4
No recurriré a eufemismos, ni
parafrasearé las palabras de la paciente. Ella dijo de manera tajante:
—¡Esa vieja “ercoño” me dejó de
herencia azúcar en la sangre, en vez de dejarme dinero en el bolsillo!
¡No tengo suerte!
5
"Una vez te fuiste, querida
mamá, empecé a echarte muchísimo de menos, y cuando ahora pienso en ti, me
invade tal tristeza que resulta imposible ahuyentarla”. (Fyodor Dostoevsky).
viernes, 18 de septiembre de 2026
21. ALICIA, LA DEL PAÍS DE LAS MARAVILLAS, VIENE A LA CONSULTA.
21
CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL
ALICIA, LA DEL PAÍS DE LAS MARAVILLAS, VIENE A LA CONSULTA.
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
La joven, de veinte años, entró, miró para todos los lados como
examinando cada rincón del consultorio, y dijo:
—Doctor, lo veo a usted muy pequeño—hizo una pausa, y agregó: —y ahora
lo veo muy grande. Ese es mi problema, si puedo llamarlo así, porque no me
perturba, solo quiero saber si esto es una enfermedad. Esto me sucede desde
hace tiempo. Todo a mi alrededor cambia de tamaño.
Conversamos. Hice preguntas.
Me contó que,
algunas veces, las personas le parecían diminutas, casi del tamaño de muñecas.
En otras ocasiones, los objetos crecían de manera desmesurada: una taza podía
convertirse en una especie de enorme recipiente, una puerta parecía más alta
que una casa y las manos de quienes la rodeaban podían adquirir proporciones
absurdas.
2
La examiné cuidadosamente. Su relato, su estado general y la descripción
de aquellas alteraciones perceptivas me hicieron pensar en un fenómeno conocido
como síndrome de Alicia en el país de las maravillas, una condición
generalmente benigna en la que pueden alterarse temporalmente la percepción del
tamaño, la distancia o la forma de los objetos y del propio cuerpo.
3
El neurólogo británico John Todd, acuñó el término "Síndrome de
Alicia en el País de las Maravillas" en 1955, y se inspiró en algunos párrafos
del libro de Lewis Carroll, publicado en 1865. Todd lo detectó en pacientes que
padecían migraña y veían personas y objetos en dimensiones minúsculas (micropsia)
o por el contrario en tamaño gigante (macropsia).
4
Algunas frases de “Alicia en el país de las maravillas” que llamaron la
atención de Tood:
—¡Qué sensación más extraña! —dijo Alicia—. Me debo estar encogiendo
como un telescopio. Y así era, en efecto: ahora medía sólo veinticinco
centímetros, y su cara se iluminó de alegría al pensar que tenía la talla
adecuada para pasar por la puertecita y meterse en el maravilloso jardín.
—¡Ahora me estoy estirando como el telescopio más largo que haya
existido jamás! ¡Adiós, pies! —gritó, porque cuando miró hacia abajo vio que
sus pies quedaban ya tan lejos que parecía fuera a perderlos de vista—. ¡Oh,
mis pobrecitos pies! ¡Me pregunto quién os pondrá ahora vuestros zapatos y
vuestros calcetines! ¡Seguro que yo no podré hacerlo! Voy a estar demasiado
lejos para ocuparme personalmente de vosotros: tendréis que arreglároslas como
podáis...
5
El síndrome puede presentarse en los delirios de niños y adultos con
fiebre muy alta, en los pacientes que sufren de migraña, y también por el consumo
de algunos hongos venenosos, que, por cierto, se nombran en la novela. Pero
también aparecen en personas sin ninguna otra manifestación clínica.
6
Lewis Carroll sufría de migrañas con alteración de las dimensiones del
mundo que lo rodeaba; es decir, en su novela describió lo que percibía a través
de Alicia.
7
Le expliqué con serenidad todo a la paciente.
—No es nada grave. Pero sería conveniente que la evaluara un neurólogo.
Ella permaneció en silencio.
Luego preguntó:
—¿Y si no quiero dejar de ver el mundo así? Eso no me molesta para nada. Prefiero
seguir siendo un personaje de la literatura.
domingo, 13 de septiembre de 2026
20. COUVADE.
20
CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL.
COUVADE: SÍNDROME DEL HOMBRE EMBARAZADO.
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
Después de este primer caso, se presentaron otros. Cada médico ha tenido
en su consulta a un hombre embarazado.
Mi paciente tenía veintisiete años y presentaba todos los síntomas de su
esposa con tres meses de embarazo: náuseas, vómitos, cansancio, irritabilidad y
antojos.
El término médico para esa condición peculiar es “couvade” (embarazo
simpático). La palabra es francesa y significa incubar.
Se puede encontrar hasta en el setenta por ciento de los hombres.
2
El síndrome de Couvade no es una enfermedad. Es una reacción
psicosomática que tiene bases hormonales. El hombre se pone en los zapatos de
su mujer.
Se observa desde que el mundo es mundo, como decía mi abuela Matilde
Guerra.
En todos los pueblos, culturas y épocas ha sido registrado. La mitología
y las religiones dan cuenta del síndrome.
Zeus, el más poderoso de los dioses griegos, “parió” a Atenea. La gestación de la diosa de la sabiduría se
hizo en la cabeza de su padre. Mientras que otro hijo de Zeus, Dionisio (dios
del vino), fue gestado en un muslo.
3
El couvade es un arquetipo (inconsciente colectivo), como lo entendía
Carl Jung: ideas instintivas y modelos universales compartidos por los seres
humanos de cualquier pueblo y época.
El deseo de dar vida se encuentra en la mujer y en el hombre.
4
Para la mayoría de los
indígenas venezolanos, la procreación es producto del intercambio de extrañas.
El varón toma prestado el órgano reproductor de la mujer. Hace al hijo y se lo
devuelve para que la madre lo nutra con su sangre. Es por eso que el varón
tiene todos los síntomas del embarazo. Por eso, también, durante ese periodo,
el hombre se retira a reposar en un chinchorro.
5
En el cuento de Hemingway “Campamento indio” (1924), un médico rural atiende un parto de una india en un campamento
de aborígenes. El doctor realiza una cesárea porque el parto es difícil.
Utiliza un cuchillo sin anestesia. La mujer se quejaba de dolores muy fuertes y
gritaba. Su esposo se suicida porque no soporta ese dolor.
6
En la película estadounidense “El bebé de Rosemary” (1968) de Roman
Polanski, Guy Woodhouse le dice a Rosemary, su esposa:
—Tú estás embarazada y eso me produce antojos. Voy por helados.
lunes, 7 de septiembre de 2026
19. EL FÚNEBRE
CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL.
EL FÚNEBRE: GENIO Y FIGURA HASTA LA SEPULTURA.
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
El personaje de esta crónica era mi paciente de pasillo, y parece salido
de la literatura. Tipos así los encontramos en “Ladrón de cadáveres” (1884), el
relato de Robert Stevenson; o en “Morgue y otros poemas” (1912) de Gottfried
Benn; y finalmente, en “El maquillador de cadáveres” (1996) de Jaime Casas.
Yo lo llamaré Gray, uno de los protagonistas de la primera de las obras
mencionadas. Los estudiantes le decían “El Fúnebre”.
2
Tenía tres empleos. Uno público, otro privado y un negocio sui géneris. Este
último era un emprendimiento (según la semántica gubernamental del momento), un
eufemismo de rebusque o matar tigritos.
En el anfiteatro de la Facultad de Medicina sacaba el cadáver del tanque
de formol y lo colocaba sobre la mesa de disección en la clase de anatomía. Al
finalizar la práctica, devolvía el cadáver a su lugar de conservación.
En la agencia fúnebre de la ciudad vestía y maquillaba a los difuntos.
Además, era el vigilante nocturno.
El trabajo independiente consistía en recoger huesos del cementerio para
venderlos a los estudiantes. De allí el epíteto de “El Fúnebre”.
3
La historia de los “resucitadores” o ladrones de tumbas en Inglaterra en
el siglo XIX es un marco referencial para esta narración: La ley solo permitía
usar los cadáveres de los criminales en las escuelas de medicina. Como muestra
un botón: la Lección de anatomía del Dr. Tulp (1632), cuadro de Rembrandt. El
ladrón, apodado el Niño, asaltó e hirió a un comerciante con un cuchillo en
Ámsterdam. Lo ahorcaron, luego de juzgarlo.
Lo bajaron del cadalso y de inmediato lo trasladaron al teatro anatómico
para que el doctor Nicolaes Tulp iniciara su demostración pública.
Los criminales eran menos que los estudiantes. La falta de cuerpos para
las disecciones en las lecciones dio inicio a un comercio macabro, pero muy
rentable: la profanación de sepulturas para extraer todo o partes del difunto y
ofrecerlos a las instituciones médicas o a los particulares interesados.
4
Una vez le pregunté:
—Gray, ¿abres los sepulcros para robar muertos?
Indagué eso, y me lo imaginé como un resucitador inglés con su sombrero
colonial, vestido con bermudas, caminando, con mucho sigilo entre los tumultos
mortuorios con una pala de madera para no hacer ruido al cavar y con un farol a
mano alzada.
—De ninguna manera, doctor, recorro de día el cementerio donde los
huesos están tirados en el suelo, detrás de un montículo cualquiera. No hay más
parcelas para un nuevo entierro, pero los sepultureros se las arreglan para
sacar los restos de esas tumbas que nadie visita para ofrecer esa fosa
reciclada a los deudos. He encontrado cráneos, huesos largos y cortos. A veces
encuentro cabezas con cuero y pelo. Entonces, las hiervo en un caldero con
bastante leña. Quedan limpiecitas.
—¿En cuánto vendes tu mercancía?
—A precios solidarios. Los estudiantes no tienen mucho dinero. Lo
suficiente para completar las cervezas.
5
Veía a Gray casi todos los días. Cada tarde bebía cervezas frente a la
reja de una licorería. Me abordaba y preguntaba cualquier cosa sobre su salud.
Una vez me pidió un remedio para una tos que tenía. Le hice una receta. Al
tiempo lo volví a ver. Todavía tosía.
—¿Estás tomando el jarabe?
—No lo compré, doctor, me sale como en cinco cervezas —y se empinó la
botella.
Pensé: Tiene mentalidad de trueque a la hora de comprar algo, y su
patrón monetario no es el oro ni el dólar, sino la cerveza fría.
6
Una tarde me dijo:
—Doctor, tengo las patas “jinchas” y un zapateo aquí (apuntó hacia el
corazón con su índice derecho).
Se levantó un poco los pantalones. Le pedí que se los arremangara hasta
las rodillas. Tenía un edema severo. Le tomé el pulso, le medí la tensión y le
puse el estetoscopio. No había dudas: era hipertenso con un síndrome de corazón
festivo o arritmia de los alcohólicos, cuya tarjeta de presentación son las
palpitaciones caóticas y vigorosas, como si se tratara de un baile de joropo
recio. Por eso quienes la padecen la describen de manera unánime con una
palabra: zapateo.
Los indicios de insuficiencia cardíaca sobraban.
Le sugerí tres cosas: dejar de
beber, tomar algunos medicamentos y hacerse unos exámenes.
Me respondió:
—Haré todo, doctor, menos lo primero. Vivimos para gozar.
7
A los pocos días, Gray murió. Tenía cuarenta y dos años, y no sesenta
como llegué a suponer por su aspecto magullado. Lo encontraron muerto en una
urna de la funeraria. No sabía que vivía allí de manera permanente, menos que
no dormía en una cama, sino en un ataúd.
¿Cómo no recordar a Bram Stoker y su novela “Drácula”?
8
Tenía razón lord Byron: La realidad supera la ficción
martes, 1 de septiembre de 2026
18.FOTOGRAFÍAS PERTURBADORAS O LOS MONDADIENTES SIRVEN TAMBIÉN PARA LOS OJOS.
CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL.
FOTOGRAFÍAS PERTURBADORAS O LOS MONDADIENTES SIRVEN TAMBIÉN PARA LOS
OJOS.
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
Eran casi las ocho de la noche cuando tocaron la puerta. Una señora de
unos treinta años, prematuramente envejecida, solicitaba que fuera a ver a su
hija, de unos siete años, porque tenía “mala respiración”. La señora, mi esposa
y yo salimos a pie por las calles El Cementerio, Bolívar y Páez. En esta última
cruzamos hacia un callejón a oscuras que limitaba con unos potreros y unos
conucos. Caminábamos con mucho cuidado porque la callejuela era un mosaico de
montículos de piedras y huecos.
Llegamos a un rancho de barro y bahareque. No había entrado al cuarto sin ventanas de la
niña cuando por los silbidos supe que se trataba de un ataque asmático. Mi
esposa le puso una inyección que le indiqué y se retiró a la sala.
Yo observaba cómo la respiración de la niña mejoraba.
2
Cuando iba en retirada, mi esposa me dijo:
—Me salí porque no soporto los aposentos sin ventanas. El peor anatema
que puede proferir un ruso contra un enemigo es: te deseo que vivas en una casa
sin ventanas.
Luego hizo una sugerencia:
—Échale un ojo a estas fotografías.
En las paredes de la sala, pintadas con cal, colgaban muchas fotografías
en blanco y negro, montadas en vidrios, cuyos bordes eran unas cintas oscuras.
Recorrí la sala que parecía un columbario sin los nichos. En todas las
fotografías había una escena fúnebre: un muerto en su cama rodeado de
familiares, un cadáver en su urna, un velorio, unos hombres llevando un ataúd
en sus hombros, un grupo de personas rodeando una sepultura, un niño en un
féretro blanco con alas a los lados, y así por el estilo.
Pero lo que más me impresionó fue la fotografía de una niña, de unos
cuatro años, probablemente. Reposaba en su cajoncito con los ojos abiertos: los
párpados no se cerraban porque sendos mondadientes los sostenían.
3
Esa noche no podía conciliar el sueño. Cuando casi lo lograba, veía las
impresionantes fotografías que me parecían macabras. Más tarde concluí que eso
también era historia, luctuosa, pero historia al fin.
¿Arte? No sé, pero sí una costumbre funeraria, sepulcral… Esas
manifestaciones artísticas no son una peculiaridad litúrgica exclusiva de los
griegos y los romanos. Bueno, es una licencia lírica. Umberto Eco dice que
tendemos a elevar cualquier circunstancia banal o cotidiana a una categoría
grande. Un fragmento de la realidad, por insignificante que sea, es un nodo
conectado con todo el saber del universo.
4
Luego supe que ese tipo de fotografías se hicieron en los primeros años
del siglo XX. En la mayoría de los casos se trataba de gente que jamás se había
retratado: era imperativo dejar un recuerdo.
Con respecto a la niña con los ojos abiertos, supuse que le pusieron
esos palillos así porque había visto muy poco mundo, y debía dársele una
segunda oportunidad; además, era su primera y última fotografía.







