DE
CÓMO CASI ASISTO A MI PROPIO VELORIO.
Edgardo
Rafael Malaspina Guerra
1
A
las ocho de la mañana tocaron la puerta de mi casa, que era la misma del
consultorio. Yo, a esa hora, estaba haciendo mi caminata, que terminaba en el
puesto de periódicos. Era algo rutinario buscar El Nacional, El Nacionalista,
La Antena y La Prensa del Llano.
Mi
esposa fue quien abrió y luego me contó todo.
Frente
a ella estaba un hombre pequeño, de piel morena, vestido con camisa blanca,
pantalón negro y zapatos, tambien negros, bien pulidos. Tenía un rostro solemne,
apropiado para la ocasión que él parecía conocer perfectamente.
Entre
sus manos sostenía una corona fúnebre, con un nombre nítidamente estampado que
mi esposa identificó como el mío. Abajo decía: “Descansa en paz, querido
doctor. Siempre agradecido.” Luego estaba escrito el nombre del paciente.
2
El
visitante extendió la corona a mi esposa y dijo:
—Mi
más sentido pésame, señora.
Mi
esposa lo miró con sorpresa. Después miró la corona. Volvió a mirar al hombre. No
sabía qué hacer . Finalmente, sonrió.
No
era una sonrisa de alegría. Era esa sonrisa involuntaria que uno utiliza cuando
no comprende lo que está sucediendo y teme que el otro se dé cuenta.
—Gracias…
—respondió débilmente.
El
hombre, sin embargo, no pareció notar su desconcierto.
3
—¿Dónde
será el velorio?
Mi
esposa permaneció en silencio.
—¿Y
cuándo será el entierro?
La
sonrisa desapareció.
—No
sé —contestó—. Le preguntaré a mi esposo cuando regrese.
El
hombre levantó las cejas.
—¿El
doctor regresará?
—Sí.
El
hombre miró hacia el interior de la casa.
Luego
volvió a mirarla a ella.
—¿Regresará
del más allá?
Mi
esposa se sintió turbada. No entendía completamente de qué hablaba el
visitante.
—¿Cómo
dice?
—Pregunto
si el doctor regresará del más allá.ZZ<
—¿Del
más allá?
—Sí,
señora.
—Sí,
aunque no sé si se llama así el quiosco de los periódicos.
—El
hombre apretó la corona contra su pecho.
—Bueno,
usted no sabe todavía dónde será el velorio ni mucho menos cuándo el entierro…
Entonces, ¿quién sabe?
Luego
siguió un diálogo en el más puro estilo
del teatro de lo absurdo y en el espíritu ilógico y el sinsentido de las
obras de Eugène Ionesco.
La
testaruda seguridad del visitante y el poco conocimiento del español por
parte de mi esposa, recién llegada de Moscú,
favorecieron el guion disparatado e incoherente de la conversación.
4
Durante
la madrugada habían traído al consultorio a un paciente en estado agonizante.
Dos hombres lo bajaron de un camión. Lo sostenían por los brazos y pies. El cuerpo flácido
colgaba como un chinchorro, y las manos oscilaban pasivamente desde las muñecas.
Lo
colocaron sobre la camilla.
Lo examiné y les dije a los acompañantes:
—Está
muerto, lamentablemente.
5
Llegaron
unos agentes fúnebres con un ataúd marrón para retirar el cadáver del
consultorio. Trasladaron la urna con el difunto
hasta un carromato negro que lo llevaría a la agencia de servicios funerarios.
Hasta
allí, todo estaba claro.
Lo
que no se entendía era por qué alguien empezó a reportar mi propia muerte. Creí
que algún vecino había fisgoneado con gran sigilo desde una ventana. Sin
embargo, solo vio la segunda parte de la película.
6
Aclarado
todo el asunto, me senté a revisar los periódicos. Abrí la página de los
obituarios de manera instintiva. Pero la cerré inmediatamente. Nuestros
archivos cerebrales guardan todo. Recordé que mi colega, el doctor Guanare,
compraba la prensa única y exclusivamente para revisar las notas necrológicas.
Cuando le pregunté por esa tétrica costumbre, me contestó:
—Para
estar seguro de que sigo vivo.