CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL.
DESTEÑIDO POR EL SUSTO.
“Tengo un trastorno de la piel que destruye la pigmentación, el algo que
no puedo evitar”.
(Michel Jackson, 1993).
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
¡Pase el siguiente! — dije, y la puerta la abrió un hombre de unos
setenta años con sombrero pelo de guama, todo de caqui y en alpargatas de
cuero.
Apenas lo vi me pareció que traía la lengua afuera, pero al acercarse,
entendí que se trataba de una mancha blanca en la barbilla.
2
—Doctor —me dijo—, vengo porque me echaron un mal hace algunas semanas.
(¡Caramba! Pensé: voy a tener que meterle a la brujería).
3
El hombre contó lo siguiente: Estaba cerrando un negocio grande en la
casa de su comadre. Ella le sirvió una taza de café. Mientras bebía, el café se
derramó un poco. El hombre señaló donde justamente cayó la bebida: exactamente
en el sitio de la mancha blanca.
Luego empezaron a discutir por un desacuerdo en la transacción que
hacían.
Ella levantó la voz, él también. La controversia se fue a mayores y se
gritaron improperios mutuamente.
Él se levantó de la mesa y dijo:
—No haré ningún trato. Me voy.
Se puso su sombrero y caminó hacia la salida.
Apenas abrió la puerta, escuchó que ella bramaba:
—Liso no saldrás de esta, porque te eché una vaina en el café.
4
El vitíligo tiene un componente etiológico psicosomático. Los
psicodermatólogos dicen que puede ser inducido por un detonante crítico: un
trauma real o imaginario.
Nuestro caso lo resumimos así: la brujería existe para el que cree en
ella.
5
La ciencia afirma que el vitíligo tiene muchas causas, pero nuestra
gente tiene sus propias versiones y leyendas.
Una vez descansábamos con los amigos a orillas del río Aguaro. Allí me
enteré de que los lugareños creen que el vitíligo proviene de un bagre llamado
cajaro. Es un pez colorido: cabeza negra, vientre blanco; aletas y cola son
rojas y anaranjadas. Puede tener también manchas blanquecinas.
La primera vez que lo vi, me pareció muy bonito; y al probarlo, me gustó
mucho su carne.
6
Una tarde me acosté en el chinchorro a reposar. Los compañeros, luego de
pescar, estaban preparando la cena. Mi hermano Valdemar se acercó para
preguntarme qué pescado me gustaría comer. Le dije:
—Que me preparen de ese que pinta.
Desde el fogón me vociferaron una advertencia:
—¡Tenga cuidado, doctor, porque el cajaro, de verdad, pinta!
7
Yo, a su vez, respondí:
—El único cuidado que tendré es en comerlo bien frito con tomate,
cebolla, casabe y una cerveza bien fría.
8
No creo en profecías autocumplidas.