CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL.
EL FÚNEBRE: GENIO Y FIGURA HASTA LA SEPULTURA.
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
El personaje de esta crónica era mi paciente de pasillo, y parece salido
de la literatura. Tipos así los encontramos en “Ladrón de cadáveres” (1884), el
relato de Robert Stevenson; o en “Morgue y otros poemas” (1912) de Gottfried
Benn; y finalmente, en “El maquillador de cadáveres” (1996) de Jaime Casas.
Yo lo llamaré Gray, uno de los protagonistas de la primera de las obras
mencionadas. Los estudiantes le decían “El Fúnebre”.
2
Tenía tres empleos. Uno público, otro privado y un negocio sui géneris. Este
último era un emprendimiento (según la semántica gubernamental del momento), un
eufemismo de rebusque o matar tigritos.
En el anfiteatro de la Facultad de Medicina sacaba el cadáver del tanque
de formol y lo colocaba sobre la mesa de disección en la clase de anatomía. Al
finalizar la práctica, devolvía el cadáver a su lugar de conservación.
En la agencia fúnebre de la ciudad vestía y maquillaba a los difuntos.
Además, era el vigilante nocturno.
El trabajo independiente consistía en recoger huesos del cementerio para
venderlos a los estudiantes. De allí el epíteto de “El Fúnebre”.
3
La historia de los “resucitadores” o ladrones de tumbas en Inglaterra en
el siglo XIX es un marco referencial para esta narración: La ley solo permitía
usar los cadáveres de los criminales en las escuelas de medicina. Como muestra
un botón: la Lección de anatomía del Dr. Tulp (1632), cuadro de Rembrandt. El
ladrón, apodado el Niño, asaltó e hirió a un comerciante con un cuchillo en
Ámsterdam. Lo ahorcaron, luego de juzgarlo.
Lo bajaron del cadalso y de inmediato lo trasladaron al teatro anatómico
para que el doctor Nicolaes Tulp iniciara su demostración pública.
Los criminales eran menos que los estudiantes. La falta de cuerpos para
las disecciones en las lecciones dio inicio a un comercio macabro, pero muy
rentable: la profanación de sepulturas para extraer todo o partes del difunto y
ofrecerlos a las instituciones médicas o a los particulares interesados.
4
Una vez le pregunté:
—Gray, ¿abres los sepulcros para robar muertos?
Indagué eso, y me lo imaginé como un resucitador inglés con su sombrero
colonial, vestido con bermudas, caminando, con mucho sigilo entre los tumultos
mortuorios con una pala de madera para no hacer ruido al cavar y con un farol a
mano alzada.
—De ninguna manera, doctor, recorro de día el cementerio donde los
huesos están tirados en el suelo, detrás de un montículo cualquiera. No hay más
parcelas para un nuevo entierro, pero los sepultureros se las arreglan para
sacar los restos de esas tumbas que nadie visita para ofrecer esa fosa
reciclada a los deudos. He encontrado cráneos, huesos largos y cortos. A veces
encuentro cabezas con cuero y pelo. Entonces, las hiervo en un caldero con
bastante leña. Quedan limpiecitas.
—¿En cuánto vendes tu mercancía?
—A precios solidarios. Los estudiantes no tienen mucho dinero. Lo
suficiente para completar las cervezas.
5
Veía a Gray casi todos los días. Cada tarde bebía cervezas frente a la
reja de una licorería. Me abordaba y preguntaba cualquier cosa sobre su salud.
Una vez me pidió un remedio para una tos que tenía. Le hice una receta. Al
tiempo lo volví a ver. Todavía tosía.
—¿Estás tomando el jarabe?
—No lo compré, doctor, me sale como en cinco cervezas —y se empinó la
botella.
Pensé: Tiene mentalidad de trueque a la hora de comprar algo, y su
patrón monetario no es el oro ni el dólar, sino la cerveza fría.
6
Una tarde me dijo:
—Doctor, tengo las patas “jinchas” y un zapateo aquí (apuntó hacia el
corazón con su índice derecho).
Se levantó un poco los pantalones. Le pedí que se los arremangara hasta
las rodillas. Tenía un edema severo. Le tomé el pulso, le medí la tensión y le
puse el estetoscopio. No había dudas: era hipertenso con un síndrome de corazón
festivo o arritmia de los alcohólicos, cuya tarjeta de presentación son las
palpitaciones caóticas y vigorosas, como si se tratara de un baile de joropo
recio. Por eso quienes la padecen la describen de manera unánime con una
palabra: zapateo.
Los indicios de insuficiencia cardíaca sobraban.
Le sugerí tres cosas: dejar de
beber, tomar algunos medicamentos y hacerse unos exámenes.
Me respondió:
—Haré todo, doctor, menos lo primero. Vivimos para gozar.
7
A los pocos días, Gray murió. Tenía cuarenta y dos años, y no sesenta
como llegué a suponer por su aspecto magullado. Lo encontraron muerto en una
urna de la funeraria. No sabía que vivía allí de manera permanente, menos que
no dormía en una cama, sino en un ataúd.
¿Cómo no recordar a Bram Stoker y su novela “Drácula”?
8
Tenía razón lord Byron: La realidad supera la ficción
