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CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL.
GÁRGARAS DE CREOLINA
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
En la madrugada vinieron a
buscarme. Un muchacho que manejaba un jeep descapotado me dijo:
—Doctor, necesitan de sus servicios.
“T” está volao en fiebre. Tiene como cuarenta y cinco grados, dicen los
familiares que se la midieron con un termómetro.
Asumí lo de los grados de la fiebre como un chiste de humor negro o que
le pusieron un termómetro descalibrado. No excluí la ignorancia de esa pobre
gente.
“T” era un brujo que vivía en un caserío cerca del pueblo.
2
Tomé mi maletín con rapidez y me monté en el carro. Nos desplazamos a
gran velocidad. Sentí la brisa fría propia de esas horas antes del amanecer. En
poco tiempo estábamos en la aldea, la cual no tenía luz eléctrica.
Entramos a un cuartucho de mala muerte lleno de cachivaches. Una vela en
el suelo alumbraba a unos santos y a unas estampitas de diferentes cortes
mágicas.
3
El hombre temblaba y sudaba sobre un camastro. Sin que le preguntara
nada, me dijo a quemarropa y con voz apagada:
—Doctor, no soporto el dolor de garganta.
4
Busqué mi laringoscopio, pero no lo encontré. Lo dejé en el consultorio en
la carrera, pero solicité una cucharilla y algo para alumbrar. Trajeron una
lámpara de queroseno, la cual entregué al chofer para que la sostuviera de tal
manera que yo pudiera examinar la garganta.
Introduje la cuchara y observé las amígdalas bien inflamadas con muchas
manchas blancas: había pus abundante.
Se trataba de una amigdalitis bacteriana.
5
Le expliqué al chamán lo que tenía. Él me preguntó:
—¿Me recetará ampicilina?
El chofer había visto lo mismo que yo. Por eso se me adelantó con
descaro:
—Tú lo que necesitas son gárgaras de creolina.
6
Reprendí al chofer por su intromisión y empecé a escribir el récipe.
7
La creolina es un potente desinfectante, pero no apto para consumo
humano.