CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL
CANDELA CONTRA LA SARNA.
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
En una ocasión, una anciana vino a la consulta por
unas manchas oscuras que le aparecieron en las manos y en los brazos. Se
trataba de léntigos seniles, unas máculas que se acentúan con el sol, y que la
gente llama “manchas de viejos”. No son una enfermedad. Son una reacción de
nuestra piel a los rayos solares.
Mientras la examinaba, observé unos puntos negros
parecidos a pequeñas quemaduras. Me explicó que se curaba la sarna con la punta de un trozo de leña (brasa).
—¿Y se cura?
—Cien por ciento.
2
Cuando la paciente se marchó, me dirigí al estante de
mi biblioteca donde estaban los libros de farmacología y extraje la obra
“Medicamentos indígenas” de Gerónimo
Pompa, cuyos trabajos botánicos admiraba el propio José María Vargas.
En “Medicamenos indígenas” encontré tratamientos
contra la escabiosis, pero ninguno hacía referencia a los tizones encendidos
3
Un día recordé el siguiente episodio de mi infancia:
Llegué a la casa de la abuela Matilde Guerra y la encontré
aplicando a una señora brasas ardientes. Le curaba las
entradas de la sarna con esos palos encendidos. Me dijo que había probado ese
método curativo sobre su propio cuerpo.
4
Por
casualidad me enteré, más tarde, de que ese tratamiento tiene su origen en una
tradición indígena que llegó hasta la abuela de alguna manera. Alexander von
Humboldt en su libro “Viajes a las regiones equinocciales del Nuevo Continente”
escribe que una vez enfermó de sarna y fue curado por una mulata “conocedora a
fondo de todos los pequeños animales que minan la piel del hombre: la nigua, el
nuche, la coya y el arador”.
La curandera calentó la punta de un pequeño
pedazo de madera en una lámpara con la cual pinchó los surcos hechos en la
piel.
El
tratamiento fue efectivo, según el mismo Humboldt.
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